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viernes, 16 de septiembre de 2016

La increible confesión de Juan Manuel Expósito




Permítanme les confiese que yo asesiné a los señores. Me gustaría declarar que lo hice sin ayuda alguna y bajo mandato de nadie. No quisiera que desperdiciasen tiempo ni energías en investigar lo sucedido. Ni mucho menos que por mis actos cualquier persona inocente se viera involucrada en un homicidio ajeno. Sé que por ello he de recibir la pena más capital, aunque trataré de atesorar el suficiente valor para darme un último impulso y así también evitar al verdugo su tarea.

No busquen en mi acción motivos económicos. Siempre he sido hombre de naturaleza conformista, pues de tal manera fui educado. Nunca me faltó que llevarme a la boca, ni jamás tuve capricho en el vestir; no me perdieron las faldas, el juego, ni la bebida y supe disfrutar de las cosas sencillas, así como saborear los escasos momentos dulces que a los de nuestra condición ofrece la vida. Tampoco busquen graves disputas entre mis razones, más allá de aquellos pequeños detalles que los señores a veces suelen tener para con nosotros sus sirvientes. Quizás fuese un cúmulo de ellos, aunque me gustaría creer, señorías, que de eso tampoco hubo. Menos aún nunca tuve a los amos, en especial a la ama, en cuenta sus continuos exabruptos. Pues así como en nuestra naturaleza ha de habitar la humildad, en la suya tiende a campar una innata altivez. La pasión carnal también habría de salir ilesa de estas entre mis causas, pues para mi esposa el señor nunca tuvo ojos. Bien es cierto que ella le caía algo mayor, como también es cierto que algunos señores poseen los más extraños caprichos. Pero si de algo estoy seguro es que mi difunta hubiera acabado por contármelo, o eso tengo a bien creer. El señor siempre tuvo un trato respetuoso en ese sentido. No tanto su padre, que según se comentaba, sí que había dado cuenta de varias de sus mucamas, aunque tal cosa yo no alcancé a ver. Eran otros tiempos y siempre supuse que tales execrables actitudes no tendrían porque ser hereditarias.

Ruego me disculpen, señorías y miembros del tribunal, el hecho de aún no haberme presentado. Es tal mi grado de excitación que en mi introducción olvidé por completo las normas, así como es deber en toda confesión empezar desde el principio. Mi nombre es Juan Manuel Expósito, nacido en el año 1923, natural de las Fraguas, provincia de Santander. Nunca conocí a mi padre y mi madre murió de tuberculosis el día después de que yo cumpliera los seis años. Pocos son los recuerdos que guardo de ella, más allá de la bruma de una sonrisa frágil y enfermiza y un escapulario de la virgen del Carmen, de la cual entiendo era devota. Obviamente acerca de mi padre hube de escuchar ciertas especulaciones; que si fue un vendedor de aceites; que si era un trashumante burgalés o un cómico ambulante que vino a parar con su compañía al pueblo. Todas ellas no tenían más fundamento e intención que la de mofarse de un pobre huérfano. Además nunca quise perder tiempo en escarbar en busca de las raíces de un árbol del cual no me consideraba fruto.

Al ser mi madre nacida en un pueblo de las cercanías de Valladolid, y no tener yo contacto alguno con mis supuestos parientes castellanos, fui enviado a la inclusa de los Corrales, donde permanecí interno hasta cumplidos los dieciséis años. Bien recuerdo la fecha, pues fue cuando los nacionales acabaron por tomar la ciudad de Madrid. Mas que una inclusa, la mal llamada parroquia de Don Manuel, era un viejo caserón de dos plantas que llegaba a albergar entre veinte y treinta muchachos, a lo sumo, que trabajábamos el campo y hacíamos chapuzas en el pueblo. Vivíamos una férrea disciplina y en ocasiones los mayores se escapaban para entregarse a la caridad y al vagabundeo. Desde mi llegada, Don Manuel profesó hacía mí un especial afecto. Obsequiándome siempre una especie de trato preferencial, al cual traté de responder con el mejor de los comportamientos. Aún a día de hoy, no puedo mas que estarle agradecido por haberme enseñado a leer y a escribir, pues de esa forma abrió la puerta por la que han atravesado mis mayores alegrías.

Don Manuel había sido párroco años atrás, pero hubo de abandonar el oficio al caer enamorado de una joven feligresa. El romance causó tal revuelo en todo el valle, que llegó hasta oídos del obispo de Santander, quien forzó la renuncia voluntaria del sacerdote. El amor no llegó a durar más de dos misas del gallo, y la joven, al tener la oportunidad de entrar como sirvienta a una casa de Comillas, abandonó el pueblo con presteza. Don Manuel tuvo claro que el diablo le había tentado, y lo que es peor, vencido. Su vida, a partir de aquel episodio, se convirtió en un camino de absoluta rectitud y perfección, ejemplos que trataba de inculcar a cada uno de los muchachos, a palos si era preciso. Uno de estos ensañamientos sería recordado por lustros en la comarca. Un joven de pocas luces, que solo unos días antes había llegado a la parroquia, fue instigado por uno de los veteranos para que defecara en el altar de la capilla. Para su infortunio, Don Manuel, probablemente a sabiendas de aquel sádico pupilo, irrumpió en el momento oportuno en la pequeña sacristía, sorprendiendo al infeliz con los calzones abajo y en pleno esfuerzo. Un mal golpe de estaca en la testa hubo de acabar con la vida del desgraciado, que vino a recibir la muerte de tal innoble manera. Don Manuel libró la cárcel, pues apenas nadie puso el grito en el cielo por el deceso de aquel pobre chiquillo. Lo que no hubo de librar fueron los remordimientos que día a día lo fueron consumiendo, sometiéndose a un ayuno que a los pocos meses le acabó por convertir en un esqueleto. Ni fuerzas le iban quedando ya para asearse o levantarse del camastro. Así se fue al otro mundo, con los ojos clavados en el techo y murmurando en latín.

Siendo yo uno de los más longevos moradores de la parroquia, y teniendo ya suficiente edad como para entrar de aprendiz, no tuve problema para colocarme como mozo de una serrería en Cartes, a recomendación de la hermana de Don Manuel. Ahí aprendí rápido el oficio, pues siempre tuve habilidad y supe poner esmero para los trabajos manuales. También por entonces conocería a la que fuera mi esposa, que huérfana como yo, trabajaba de cocinera para unos señores en Puente San Miguel. De alguna forma fue ella quien me eligió, pues mi naturaleza tímida me impedía acercarme a las mozas con el mismo descaro con el que otros mancebos lo hacían. Pilar Ceballos, era una muchacha menuda y trabajadora. Algo mayor que yo, temía que su guiso se pasara, y eso que solo contaba con veinticuatro años cuando nos conocimos. Casi desde el principio nuestra relación fue mansa. Cuento con los dedos de una mano las veces que discutimos. Se estableció entre nosotros un vínculo en el que casi siempre sobraron las palabras. Bastábamos un murmullo o una mirada para entendernos. No he de mentir, y menos en esta situación en la que ahora me encuentro, pues también hubiera de admitir que siempre existió un poso de rencor entre ambos por el hecho de no haber tenido descendencia. Circunstancia por la cual, mas sin verbalizarla, nos culpábamos mutuamente.  No quisiera hacerles parecer, a través de esta exposición, que la vida no nos dotase de otras alegrías y que a nuestra manera fuéramos felices. Pues en ocasiones la fortuna tuvo la condescendencia de sonreírnos. Pese a haber transcurrido más diez años desde que había abandonado el hogar de Don Manuel, nunca perdí el contacto con su hermana más pequeña. Tal relación tenía una base exclusivamente epistolar. Por semana santa y navidad, Remedios, que así es como se llamaba la señora, tenía a bien enviarme una carta de lo más cordial donde me preguntaba que tal me iban las cosas en la serrería, si ya había sido padre o si pasábamos por calamidad alguna. Tampoco olvidaba incluir en el sobre algún dinero, quizás calderilla para ella, pero mucho más que una ayuda para nosotros. Una tarde de Septiembre, la señora Remedios se presentó en la serrería. Cuando desde mi puesto, tras la lijadora, observé como aquel automóvil con chofer atravesaba el sendero bajo el robledal, tuve la certeza de que nuestra suerte habría de cambiar para siempre. Y así hubo de ser, ya que el ofrecimiento que nos hizo la señora Remedios fue del todo irrechazable para nosotros. Nos trasladaríamos a la capital de la provincia para instalarnos de guardeses en una mansión junto al mar, que permanecía deshabitada durante más de ocho meses al año. La residencia había sido recientemente heredada, tras la muerte del padre, por uno de sus primos y su esposa, ambos Condes de Corbanera, quienes pasaban la mayor parte del año en Madrid, atendiendo a sus negocios. Estos buscaban una pareja de guardeses, matrimonio a poder ser, serios y responsables. Doña Remedios me dijo no haberlo dudado ni un solo instante. Yo besaba su mano, postrado ante ella. Sinceras lágrimas de felicidad y agradecimiento inundaban mi rostro.

Nuestra nueva vida, en un principio, se tornó tan extraña como ajena y placentera. Vivíamos una suplantación que  tenía algo de insano. Pues hasta el alma más pura puede verse perturbada cuando uno habita rodeado de lujos para él antes tan insospechados. Lujos como el de la visión del mar dibujando cada día un inédito fresco sobre el horizonte; o el del descifrado del lenguaje de las chimeneas crepitando en las alcobas; o sumergido en los increíbles descubrimientos que llevé a cabo en aquella inmensa biblioteca, de la cual hice mi  santuario. En ese momento en el que uno logra alcanzar algo que jamás soñó, es cuando puede llegar a creerse quien realmente no es. Aún así tratábamos, y estoy seguro logramos, mantener los pies sobre la tierra. Y aunque hasta el ser más comedido tenga derecho a fabular, nunca olvidamos quiénes éramos y de donde procedíamos, pues la fortuna suele ensañarse con quienes rápidamente se olvidan de tales cosas.

Cuando la primavera iba convirtiéndose verano, y los jardines de la finca celebraban su apogeo, fue cuando los señores hicieron por primera vez su aparición. Me extraño que fuera el propio señor quien viniera conduciendo su vehículo, un automóvil descapotable que llamaba la atención por su pequeño tamaño y modernas formas. Tampoco traían con ellos más acompañamiento que el de una señorita filipina, la cual no tenía otra ocupación que la de atender de los cuidados estéticos de la señora. Los dueños apenas paraban en la casa y pocas veces probaban, más que en el desayuno, los magníficos guisos que mi difunta cocinaba.

De alguna forma , el señor conde, que era algo más joven que yo, tuvo para conmigo siempre un trato afable y cercano. Quizás su prima le hubiera hablado bien de mí o quizás le cayese en gracia por algún motivo que yo aún desconocía. Me insistía en que le tuteara, cuestión a la que por supuesto de ninguna forma accedí. Si tenía ocasión, me hacia sentar con él en la biblioteca para charlar y escuchar discos de música clásica, los cuales yo en secreto ya había reproducido en su ausencia. También solía traerse de Madrid su colección de música jazz, y he de confesar que para mí aquel estruendo sin sentido me resultaba de lo más insoportable. Pese a su insistencia en romper los protocolos que han siempre de establecerse entre amo y sirviente, yo siempre traté de mantenerme distante, pues si algo no deseaba era que por cualquier ridículo desliz se desmoronase la vida ordenada y tranquila que durante la mayor parte del año, bajo su propio techo, yo me dispensaba. Aunque el señor, a excepción de cuando se tomaba alguna copa de más, se portaba bien conmigo, no quería yo tentar la suerte, pues al fin y al cabo nuestro acercamiento era cosa antinatural. Además es bien sabido que los repentinos cambios de humor son habituales entre los de su ralea.  Por otra parte, todo lo que tenía de cordial y de cercano el señor, lo tenía de distante la señora. Rara vez se dignaba a mirarnos a los ojos, en las contadas ocasiones en las que nos dirigía la palabra. Si lo que pretendía era hacernos agravio se confundía por completo, pues nos incomodaban infinitamente más la cercanía y cordialidad de su marido que sus absurdos desdenes.

A principios de octubre, a más tardar, se marchaban. Los despedíamos en la puerta con los justos aspavientos y hasta el año siguiente apenas manteníamos contacto, amén de alguna esporádica cuestión relacionada con las permanentes obras que se realizaban en la finca. Los señores confiaban plenamente en nosotros y apenas se involucraban, delegando prácticamente todos los asuntos referidos al mantenimiento de su propiedad. Parecían no querer ser molestados con los pequeños detalles y nosotros tomábamos las decisiones pertinentes como si la mansión fuera nuestra. Incluso el señor abrió una cuenta a mi nombre para que dispusiera libremente de ella y así afrontar cualquier gasto que fuese surgiendo. Jamás utilice tal ventaja en mi propio beneficio y eso que el señor me dejó bien claro que podría administrar ese dinero para darme algún capricho. Yo le enviaba por carta puntualmente cada recibo, para que viese que no tenía intención de aprovecharme de lo que no era mío. Ellos casi nunca respondían hasta llegadas las navidades, fechas por las cuales nos mandaban una felicitación, acompañada de una gran cesta con los mejores licores y embutidos.

Así fueron transcurriendo los años, plagiándose entre ellos, como una caligrafía que uno escribe de memoria. Discurrían con una parsimonia que a otros les hubiera resultado insoportable y de la que yo, no he de negar, disfrutaba. Lo único que perturbaba la paz de aquella vital modorra era la enfermedad de mi pobre Pilar. Cada vez estaba peor de los huesos y la humedad del cantábrico, aunque ella no lo decía, sé que la perjudicaba. El señor hizo mandar a los mejores médicos de Santander, a decir verdad, a tal cosa no me opuse. Ninguno parecía acertar con el diagnóstico y mi querida esposa sin hacer ruido fue apagándose, hasta que a la edad de cincuenta y dos años me dejó solo en aquella gran casa.

No fui capaz de sentarme a llorarla ni un solo día. Para no verme atormentado por mis pensamientos, me entregue a las labores con más ahincó que nunca. Me ocupaba de aquel vasto jardín, de la limpieza de las enormes vidrieras, dejaba impecables las estancias e iba solventando todas y cada una de las averías que iban surgiendo, las cuales, en una casa de tales dimensiones no pueden ustedes imaginarse como proliferan. Por las noches me encerraba en la biblioteca y hasta el amanecer de ella no salía. Trasladé allí mis escasos aposentos y me abandoné a la lectura, pues solo en la revisión de las vidas e historias ajenas podía encontrar consuelo. Revisaba a los clásicos latinos y medievales sobre todo, pues cuanto más lejanas a mi tiempo fueran aquellas hazañas, más paz encontraba en ellas. Pero paces, se dice, nunca fueron eternas, y muchas veces el resorte de la desgracia permanece agazapado, relamiéndose tras ella, a la espera de soltar con la mayor furia el último y más certero de sus golpes. Mas la armonía que habita en nuestra alma, solo es concebible si antes existió agitación y desorden sobre ella, pues solo en la confrontación entre ambas puede hallarse algún placer, siquiera efímero. Así que de aquella forma tan cruel como fortuita, que ahora  dispongo a narrarles, fui a descubrir de una tacada tanto mi pasado como mi destino.

Una madrugada, a finales de Enero de este mismo año, a punto de desfallecer tras una noche de febril lectura, un pequeño libro vino a desprenderse de mis manos. Nunca habré de olvidar, en lo poco que me resta de vida, la cubierta roja forrada en terciopelo de aquella edición de la Divina Comedia de Dante, que al caer escupió de sus entrañas una pequeña imagen. El golpe del libro sobre la alfombra hizo que volviera en mí por un instante. El justo para reincorporarme y recoger del suelo una vieja fotografía. Estampa desde donde yo me asomaba con rostro infantil, en los brazos de mi madre. Habría de tardar unos segundos en reaccionar, tan monumental era el sinsentido. Yo, en la imagen, vestía un tres cuartos de lana y pantalón negro de pana. Ella, muy delgada, con ojos saltones miraba sin sonreír a la cámara. Ambos nos veíamos sentados en una silla de madera, en la vieja cocina de nuestra humilde cabaña de Las Fraguas. En el reverso de la amarillenta instantánea una fecha: 30 de Marzo de 1929. Un torbellino sacudió mis sienes, sentí vértigos y taquicardias.Toda mi vida se había edificado sobre cimientos fingidos, viéndose sostenida por muros huecos que ahora de repente se desmoronaban. Comencé a recoger aquellos escombros, que hasta entonces habían soportado la más común de las existencias, y ellos comenzaron a ensamblarse hasta cobrar un sentido: la extraña predilección de Don Manuel, las recomendaciones de Doña Remedios, la tristeza en los ojos de mi madre, el mudo desprecio de la señora, la insistente cercanía del señor, o mejor decir, la insistente cercanía de mi propio hermano. Toda mi vida la había pasado rodeado de mis familiares, los cuales por caridad habían hecho de mí un humilde protegido. Un pobre paria sin derecho a saber de su linaje. Conocía bien el rostro de mi padre, pues innumerables veces había limpiado el polvo posado sobre sus retratos. Ahora también se me antojaba cierto parecido entre mis rasgos y los del señor conde. Su insistencia en que yo morase como mía la mansión era un premio de consolación para su hermano bastardo, el cual por ser el primogénito, hubiera de haber heredado el título de conde. Ese era el pago que se me otorgaba, ser el criado de mi propia casa. Yo, Juan Manuel, conde de Corbanera, o quizás mejor, Juan Manuel el bastardo, conde de Expósito.


El gran jardín en esta época del año se muestra especialmente exultante, los rosales y las petunias parecen querer salir más allá de los muros, escapar hacía el mar cercano e inundarlo con sus colores. Huele a tierra mojada, sal y lavanda y los días comienzan a ser cada vez más largos. Si Pilar pudiese contemplarlo, estoy seguro de que estaría orgullosa de ver cómo me he esmerado con las plantas en su ausencia. Lo he hecho todo por ella; y ahora cuando parta a su lado, estoy seguro de que el jardín nos extrañará, así lo haré yo también.

Esta tarde llegan los señores. Como de costumbre bajarán a darse un baño en el mar, y siendo hoy el día de su llegada, cansados por el viaje no saldrán a cenar. Lo harán en la casa. Llevo meses preparando minuciosamente todo. Conozco bien la dosis. Sé que no voy a fallar. Apenas huele, lo he comprobado. Las burbujas del vino blanco espumoso, que acostumbran los señores a tomar, diluirán sin problema el veneno. No escatimaré con la cantidad, la cual ha de ser letal. Me creerán si les digo que consideré infinidad de maneras de hacerlo. Todas me parecieron incomodas, arriesgadas o demasiado sangrientas. Incluso para cobrarse justa venganza creo que hay que ser elegante en las formas. Yo también me he reservado lo justo para mí. Beberé de la copa, lo haré una vez lo hayan hecho ellos. Después recogeré sin prisa la mesa, saldré al jardín, me sentaré bajo la pérgola y simplemente esperaré.



Posdata: Deberían de encontrar esta carta metida en un sobre, guardada en uno de los bolsillos de mi chaleco. De todas formas, por si así no fuera, he preparado otra copia igual que dejaré sobre el escritorio de la biblioteca. Lo digo para que cuando se hagan con una, tengan bien a saber donde se encuentra la otra. Esta última la hallarán acompañada de una vieja fotografía, dentro de la edición aterciopelada de la Divina Comedía de Dante, justo en el capítulo donde comienza a narrarse el Infierno.



Santander a 30 de Mayo de 1970
Juan Manuel Expósito




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