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jueves, 29 de diciembre de 2016

Patos salvajes

 
   



  Nunca un epitafio fue tan acertado. Amador Bolado, rezaba tallado en su nicho: cuyo único pecado fue ser en exceso generoso; pues vivió y murió buscando con ahinco la felicidad de satisfacer al prójimo más que a sí mismo. De hecho, así encontraba la plenitud; sacrificando cualquier atisbo de su propia voluntad y disfrutando de la dicha ajena. Si el precio que hubo de pagar por su enfermizo altruismo fue razonable o desmedido, ustedes pronto lo juzgarán.

Ya precozmente, en la escuela, comenzó a cargar automáticamente con las culpas de los demás, pues el sufrimiento ajeno nublaba su vista y hacía que un nudo en el estomago le hiciera retorcerse de dolor, hasta casi impedirle caminar. Como un resorte, levantaba el dedo ante cualquier acusación, atribuyéndose todo castigo; no con placer, pero si con el alivio de eximir de la sanción al verdadero causante. Entre los paréntesis que le permitían estas penitencias fue acabando los estudios, logrando matricularse en magisterio para alegría de sus abuelos, con quien Amador vivía.

En la facultad las cosas poco cambiarían, mas las condenas no eran tan infantiles; como mirar a la pared o escribir cien veces cualquier frase absurda. Esto contrastaba con los vicios de los que se autoinculpaba, que cada vez tenían menos de ingenuos y más de retorcidos. Por eso cuando Amador, que jamás había conocido muchacha, cayó enfermo de pasión, sus compañeros lograron al fin percatarse, no sin cierto rencor, del baluarte que habían poseído y ahora perdían.

Al poco de ennoviarse con Doris (muchacha del todo activista y concienciada), ésta comenzó a llevarle a asambleas y manifestaciones; en las cuales, Amador nunca estuvo muy seguro de cual era la causa que defendían, aunque casi siempre se llevara de recuerdo para casa algún chuchazo, tal era su empeño en repeler los golpes de los compañeros más exaltados. También juntos y a la vez dejarían el tabaco; arrojando al mar simbólicamente todos y cada uno de los cigarrillos de un cartón de Fortuna (la marca favorita de Doris).

Más tarde llegaron las terapias alternativas. Ahí es donde ya perdió el norte y la cuenta; y como una mala yedra empezaron a enredársele todas aquellas actividades. Desorientado entre el yoga para mascotas, el psicodrama, el mindfulness o el cuenco tibetano; Amador nunca rechistó y siempre acompañó a su compañera con una sonrisa cómplice y bobalicona asomada en sus labios. Incluso tampoco tuvo reparos en dar el visto bueno a la actividad de intercambio de parejas, pues aún sin salir beneficiado (no le gustaban los hombres peludos) veía como ella disfrutaba.

Pero estas lúdicas actividades no acababan por llenar del todo las ansias expansivas de Doris, quien de alguna misteriosa manera, consiguió afiliarse a la exclusivísima Asociación Local de Suicidas, haciéndose también de un carnet de simpatizante para Amador. Pasados un par de meses, les comunicaron que estaban ya preparados, facilitándoles una pistola para llevar a buen puerto su último acto.

 Llegados, en el autobus de linea, hasta un parque a las afueras, concluyeron que Amador lo hiciese primero (él mismo se ofreció pues le pareció de caballeros hacerlo). Así ella observó como sus sesos salían a presión por las aletillas de su nariz y una de sus orejas. Allí quedó apoyado sobre un árbol, pareciendo todavía disculparse con lo poco que le quedaba de rostro. Después Doris retiró el revolver de su mano, lo posó suavemente en su sien (aún estaba mojado y caliente), y cuando con el dedo en el gatillo, levantó dignamente la mirada, pudo contemplar como una bandada de patos salvajes surcaba el cielo, dibujando una uve perfecta sobre el horizonte. Entonces derramó una lágrima ante tal delicioso espectáculo; y en ese instante decidió que había encontrado al fin su verdadera y definitiva vocación: la ornitología.





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